Red poetry and other kaleidoscopic colors

sábado, agosto 26, 2006

RESIGNADO

Tal parece que este blog estará condenado a convertirse en desierto de palabras silentes
Dedicadas exclusivamente a la intimidad de su pensador
Porque a pesar de querer compartirlas
No tienen el suficiente eco en las pieles de otros poetas.

Es un blog del que lo máximo que se podrá decir será...
Sin comentarios
(No comment)

¿Si publicitara esta página en un comercial de televisión se abarrotarían los grandes almacenes de gente en busca de estas palabras perdidas?

Qué tontería!
Nadie aprecia la tinta y las páginas tanto como antes
Somos una generación que se siente cómoda con su ignorancia y sus vicios
Que quede claro que esto no lo estoy diciendo solamente porque muy pocas personas entren a este lugar;
Hay motivos más serios y profundos
Más preocupantes.
Como por ejemplo no poder sostener una conversación medianamente inteligente con algún otro idiota.

Juventud aprisionada en el paradigma incorrecto.
¡Cuidado!
¿En manos de quiénes estamos dejando nuestro destino?
¿En manos de la estupidez y la testarudez?
¡Qué bien!
¡Muy sabia elección!

Quisiera compartir mis pensamientos con alguien más
Mis letras rojas
Mis sentidos insensatos
Mis inquietudes de quietud
Mis búsquedas de nada
Mis preceptos anticuados

Ah!
No sé para qué abrí este espacio
No tiene sentido publicar algo si nadie lo ve
Prefiero guardar mis letras para otros momentos
Que no serán más sublimes ni soberbios
Ni más satisfactorios
Ni nada
Pero al menos no me tomaré el trabajo de escribir pensando que alguien va a leer lo que escribo
Seguiré escribiendo para mí; como siempre lo hago.

Es una lástima
Tal vez esto refleje la soledad en la que me encuentro y de la que procuro rodearme
Sin embargo no se reducen mis ganas de seguir creando
Y creyendo
Escuchando
Observando indiscreto

No se reduce mi ímpetu
Muy por el contrario logro acrecentarlo.

En fin
Un abrazo y un beso para quien quiera que comparta su soledad con la mía
Soledad excelente y gloriosa

Debo confesarlo;
ya no estoy tan solo como antes
En realidad ya no estoy solo en absoluto.

Ja, ja, ja

Gracias.



NOTA:
Éste sí que es un post tonto
¿O un pre tonto?
Bueno; no me juzguen
No sé en que etapa del proceso me encuentro
Mi cabeza está más enredada que mis cabellos.

jueves, agosto 24, 2006

BAH!

Ciclos... ciclos y más ciclos.

Después uno se pregunta por qué la vida a veces se torna aburrida.
Pero ¿cómo no?, si es que todo es circular. Nada termina. Todo vuelve a empezar antes de que pueda concluir.

La lluvia me lo recuerda. La incesante lluvia que golpea incisiva nuestras cabezas sin hacer que entremos en razón, y sin lograr que nos preguntemos sobre su existencia... siempre cíclica. Como la nuestra.

El hombre; el único animal capaz de modificar sus hábitos (a fuerza de porfía), sigue empeñado en prolongar sus funestas adicciones y rutinas.

¿De qué nos quejamos si podemos tener el control de nuestra situación?

No más existencialismos. Estoy cansado de escuchar tantas tristezas y de tener que escribirlas.

Hablemos mejor de felicidades y de proezas, que aunque vanas, llenan nuestra tímida existencia de lampos de esperanza... que espero ciegue mis ojos de vez en cuando.

IRRACIONAL


No se ama verdaderamente sino cuando se ama sin razón.
Anatole France
En el amor no basta atacar,
hay que tomar la plaza.
OVIDIO


No te conozco; sin embargo te deseo y sufro tu ausencia.

No sé quién eres; ni si quiera te he visto la primera vez
Y sin embargo recuerdo tu sonrisa y el olor de tus cabellos.

No me he atrevido a hablarte
Y sin embargo recuerdo el tono discreto y agudo de tu voz.

Aún no he probado tus labios
Y sin embargo conozco el sabor de sus comisuras.

No he tocado tu piel
Y aún así recuerdo sus imperfecciones
Que al gusto de mis manos resultan perfectas.

Aún no me has escrito la primera carta
Pero ya conozco tus palabras y conjuros favoritos.

No te he declarado mi amor
Y ya conozco tu respuesta.

No he recorrido con mis dedos tu cintura
No he provocado tu risa
No se han fundido tus ojos en los míos
Mi abrazo aún no te alcanza
Tu pecho no siente el latir del mío
Tu vientre no conoce mis besos
Tus brazos no me han quitado el aliento
Tu pasión no ha desbordado mis apetencias.

Increíble delirio el que siento por ti, mi bella dama
Ininteligible e inabarcable
Soy capaz de darte todo
Mi espíritu, mi cosmogonía
Mis mitos, mi esencia

Soy todo tuyo
Has de mí lo que quieras
Aunque no me conozcas y no me tengas

Ah, bella metáfora de mis quereres
De inextricables sueños
De esperanzas fallidas y frustradas
Que ahora están a mi alcance
Porque mi amor te quiere toda
Y te tiene
Y nos acerca
Cada vez más
Cada vez más

Y más
Y más cerca
Hasta fundirnos en un solo cuerpo y un solo verbo
Uno
Uno solo

Ah! Placentera sensación
¡Inconmensurable amor!

Te amo
Y no tengo necesidad de negarlo
Porque tú me amas también
Y estás a mi lado

Ya no quiero nada más
Escribiré para ti todos los días de mi vida
Te escribiré … a ti
Toda

Si eso es lo que quieres.

Tu amado y mediocre poeta.

martes, agosto 22, 2006

El Anciano

Decidió quitarse el nombre en el mismo instante en que comenzó a sentirse viejo, para que el recuerdo de sus pasadas glorias no lo persiguiera ahora que le eran tan lejanas. Ya no aguantaba más la nostalgia del hombre que había sido y ya no era; del hombre que a pesar de llevar el mismo nombre grabado en los huesos y conservar intacta la misma melancólica mirada, ya no era él… él ya no era él. Y de lo que fue en algún tiempo suyo, ya nada le pertenecía. Por eso prefería recordarse como otro que no había sido; alguien con otro nombre (con menos vocales) y con otra historia (sin tantos laberintos). Le resultaba mejor; mucho más cómodo… aunque no lo suficiente. Se le hacía imprescindible también olvidar. Olvidarse de sí mismo; borrar de los libros de la creación la exhausta y añeja cronología de sus memorias. Reiniciar de nuevo, en blanco y desde cero… solamente que con el cuerpo dañado, con el rostro mustio y la cabeza teñida de cansancio. No era fácil, y él lo sabía porque se le advirtió.
Ese día, reunió alrededor de sus libros a todos sus familiares y amigos, y les explicó la extraña circunstancia en que se veía envuelto. Habló con cariño pidiendo que no recordaran en su presencia ningún detalle de su vida anterior. Y, delicada y respetuosa, su mirada abandonó a sus invitados (si es que alguna vez había estado con ellos) posándose en la inabarcable infinitud del océano, y su boca no pronunció una palabra más. Después de unos segundos de incómodo silencio y de miradas claustrofóbicas, y en vista de la solícita petición, los invitados se vieron obligados a marcharse y a resignarse a la imposibilidad de acercarse a él de nuevo; porque para un hombre la visión de otro hombre no es más que la de un álbum interminable de recuerdos. Más aún en un pueblo como éste, en donde todos tenemos marcado el pasado en la lengua y nuestro oficio no es otro que hablar.
Terminó eludiendo toda compañía, y así empezó a quedarse solo; hasta los perros y las gallinas que merodeaban los recintos ennegrecidos de su casa, notaron lo incómoda que a él le resultaba su presencia y terminaron por irse. A las moscas y los zancudos, acostumbrados ya a ser considerados siempre una molestia, les daba lo mismo y por eso se quedaron. Al principio a él le fastidiaban, pero con el tiempo le dejó de importar, y se dejaba picar las pantorrillas sin hacer escaramuzas durante las interminables horas en que permanecía sentado dejándose mecer por el viento del mar en su destartalada silla, mirando cómo el carruaje del astro regente transita sinuoso, a través de la (para él) convexa cúpula del cielo. Ahí permanecía durante horas, inmóvil, sentado… tratando de olvidarse de él mismo. ¡Ah! ¡Tarea imposible!

[Continúa...]


P.D. Ni se atrevan a copiarlo... se pueden meter en problemas. ¡Ja, ja, ja!

Mentiras... no es tan bueno.

domingo, agosto 20, 2006

El recuerdo que guardo de tí

A las seis de la mañana, como todos los días, Roberto es el primero de los dos en levantarse de la cama. Ella en cambio, permanece abandonada a sus sueños, que por demás nunca han sido agradables; siempre traen desgracias. Él permanece sentado en el borde de la cama por unos segundos; observándola, velando su sopor matutino. Y es entonces cuando sucede todo. Aunque ya no recuerda desde cuando empezó a experimentar aquellas visiones que tan aterradoramente surgen de su mente (visiones lo he dicho por decir, porque en realidad no es más que una), siempre a la misma hora del día, él sabe con certeza que con el pasar del tiempo ese fenómeno extraño se ha convertido más bien en una condición enfermiza de su carácter, una idea obsesiva que ya no deja su alma tranquila y la reduce poco a poco para apoderarse de lo que le queda de su existencia.
Y a pesar de todo, se empecina en seguir repitiendo una y otra vez la misma trágica y apremiante rutina. Una vez más él se despierta a las seis de la mañana como todos los días, es el primero de los dos en levantarse como todos los días, y como todos los días, se sienta en el borde de la cama para observar a la mujer con quien comparte el lecho, y con quien no comparte ya el corazón. Sus ojos desorbitados la observan como descomponiéndola en mitades minuciosamente transparentes. Entonces es cuando sucede todo. Su piel (de palidez estertórea) y la irradiación de su aliento putrefacto (el de ella), confieren a su semblante un aire mortecino que a él embriaga de incontenible repulsión. Su fina y larga cabellera desparramada desordenadamente sobre las almohadas (cuyo número asciende a más de treinta), el color celeste del satín que a ellas enfunda, y las cobijas y mantas también añiles que cubren su cuerpo por entero, a excepción de su cabeza, componen siempre la misma imagen sangrienta que sacia las más íntimas y prohibidas perversiones, usurpadoras ya desde algún tiempo atrás, de la deteriorada conciencia del joven muchacho.
Sin poder evitarlo, Roberto se detiene en la contemplación de su aberrante fantasía... día tras día; sin excepción. Dentro de su distorsionado cerebro, aquella despreciable cabeza de mujer se le presenta huérfana de cuerpo, dando la impresión de haber sido arrancada de un solo tajo, apareciendo para él en su ensoñación como si flotara abandonada en medio de una cristalina laguna, en lo que parecía ser un desolado y nevado paraje sueco. Y parado en una de las orillas del lago, Roberto podía verse a si mismo, respirando con dificultad, con sus ojos muy abiertos y enrojecidos por la furia, sosteniendo en la mano derecha un hacha de mango y hoja colados en hierro, y que de su filo destila quedamente gotas de un líquido negrusco y espeso. La cabeza se aleja lentamente de la orilla describiendo movimientos eternamente circulares, trazando a su paso una espiralada estela de sangre negra (interminable también) y tiñendo la inmensa claridad del agua como una enfermedad epidémica. Continúa girando sin pausa y expidiendo su sanguinolento rastro por doquier; rastro de muerte que asesina todo a su paso… rastro de muerte que también a él le había asesinado el alma.
Rápidamente el paraje cristalino y límpido se reduce a un ennegrecido y cenagoso pantano desprovisto de vida, y el líquido purulento que mana sin cesar de la aorta cercenada, es ahora un cieno hediento de bilis e hígado, una desagradable e irregular masa de coágulo que se expande con la rapidez creciente de una conflagración, mientras la testa se desfigura en la intensidad de sus revoluciones y en la putrefacción de sus mentiras.
Esa es la fantasía que trajina la mente de Roberto a diario, y que la presencia de aquella mujer despierta en él. Esa mujer que un par de años atrás fuera su amor incondicional, su amante perfecta y única, es ahora el objeto de su desprecio y la causa primera de todos sus males. Maldita y desgraciada aberración que permanece engargolada en su cerebro y que por más que lo intentara, jamás podría deshacerse de ella.

A pesar del desgaste que producen las repeticiones, esta vez Roberto no se sintió del todo igual. Esa mañana él quiso que su amante estuviera muerta; pero ya no en su mente, sino sobre las sábanas, que siempre fueron demasiado limpias para su gusto.

Intentó desembarazarse de esta nueva sensación, pero no pudo. Se quedó mirándola unos segundos más, guardando la esperanza de encontrar algún detalle en su rostro que lo hiciera modificar sus malestares.

No consiguió nada.

Se levanto de la cama muy quedo, para que ella no despertara. Se puso su par de pantuflas raídas, (lo único sucio y viejo que existía en esa casa, y que también era lo único con lo que él se identificaba) y salió de la habitación.
Caminó desnudo por el pasillo que conducía a la cocina y no le importó que la vecina, que siempre guardó un afecto “muy especial” hacia él, casi rayano en el deseo, lo mirara por la ventana con los ojos muy abiertos y fijos en cierta peculiaridad extraordinaria que exhibía la desnudez de su cuerpo.

Entro a la cocina, pulcra y ordenada como siempre; lo que por supuesto a él no le dejaba de molestar. Abrió una de las gaveta y extrajo con timidez, lo que él consideró el mejor de sus cuchillos. A decir verdad más que un cuchillo, parecía una hachuela… una hachuela de mango y hoja colados en hierro. Su mirada fulguró animosa y sus pensamientos repasaron una vez más aquella visión espantosa que torturaba el despertar de todos sus días.

Se asió con fuerza al mango de la hachuela y se volvió sobre sus pasos; esta vez con una gravedad e impasibilidad particulares; casi metafísicas.

Cruzó de nuevo el pasillo con dirección a la habitación, seguido por la mirada escrutadora y minuciosa de su joven vecina, que ardía en deseos por él.

Roberto entró a la habitación, con las manos temblorosas, sosteniendo con fuerza la hachuela en su mano derecha. Cerró la puerta.

Lo único que sabemos de él es que nunca soportó el aliento putrefacto de ella en las primeras horas de la mañana y las últimas horas del día. Él siempre deseó que ella estuviera muerta. Y ese día quizá pudo cumplir su fantasía… si quisiéramos saberlo, solamente tendríamos que abrir la puerta de la habitación y mirar dentro.

De: Piezas para una Bella Durmiente de verdad.

Y hoy no sé a qué escribirle.
No sé si debo escribirle a algo. (No sé si puedo escribir)
O si lo mejor sea escribir a cualquier cosa.
(O a nada)
O si el proyecto de mi tinta debe ser la anhelante nostalgia de ti, o la evidente carencia de mí.
O tu evidente carencia de mí. O mi carencia de ti.
Quizá la esencial dependencia de ti, y el olvido de mí por parte de ti.
Tu olvido de mí.
Y mi orgullo de sí.
De las extravagantes estupideces que cometo.
O de tu presencia vacía, a la que al final es la que escribo.
Cometiendo el error de redundar en ella. Y complicar su existencia más de lo que me es permitido, soñando que algún crepúsculo llegará sin que anhele besos, abrazos… ni a ti.
Ni siquiera anhelar tu vacío.
Ni anhelar la ausencia de anhelar tu vacío. Que es el mismo que siento de mí, en mí.

Y de los besos ya no quiero hablar, porque son dagas tremendas que hieren y suicidan amores que de capullos preciosos nacían y que luego en dolores caprichosos se rectifican.

Y escancian rescoldos de pasión que habitan entrañas putrefactas de algún ventrículo, en donde aún resuenan las voces de una muerte pasada, inducida por sus propios mentores.

Pero no puedo evitar pensar en ti mientras escribo, última musa de mis pasiones.
Y es obvio que tendría que claudicar mi posición tirana.
Y tenía que hablarte directamente. (Bueno… en una carta)

Compréndeme…
No me aguanto, no me aguanto solamente tu recuerdo.
Además la manera en que en mi palma lo fijaste.
Lo fijaría la naturaleza, lo sé. Pero algo hiciste tú para encontrarme. Algún esfuerzo hice yo también para buscarte.
Te busqué con el olfato. Tú buscaste con el tacto.
Y me dijiste: no te pierdas.
Sentí el amor en tus labios… lejanos… distantes… cautos
Que impelían mi huída, atemorizando los míos.
Eres mi primera obsesión no obsesionada con su obsesión.

Menos mal que no tengo sobre qué escribir.


Yo

sábado, agosto 19, 2006

No soy bueno para esto

I


No soy bueno para esto.

Después de un nuevo intento siempre me sentiré torpe, inútil y cada vez más solitario.

Escribo para no atragantarme y morirme ahogado del dolor.
Y sin embargo me muero… me sigo muriendo.

Por eso me voy; por eso desaparezco
Porque no tengo nada
Y porque en la misma condición llegaré al fin de mis días.

El amor me es esquivo.
En cambio la compañía de la soledad me atosiga y aturde en demasía.

Quiero tanto tu sonrisa
Quiero tu boca; aunque ya sea ajena
Quiero tus besos
Quiero sentir mi piel viva a través de tus caricias.
Poder mirarte a los ojos y saber que soy un tonto
Y dar cuenta de mi amor ante ti
Aunque tal vez no quieras escucharlo
¡Maldita mierda!
Lo que quisiera es poder enamorarte

¡Ja!
Pero no soy bueno para esto.
Voy decepción tras decepción.
Por eso he decidido desaparecer
Ya no aguanto más esta maldita soledad que no me deja respirar tranquilo
Ya no aguanto más volver a verte y no tenerte
Y que no me tengas
No soporto la dulzura inútil que extiendo a ti
Dulzura egoísta; porque se queda sola y es solo para mí.

Es por eso que me muero
Porque mi amor es solitario y egoísta
Está abandonado, en desuso y se pudre
Y llora
Y clama
Y se petrifica dentro de mí.
Y me mata
Por eso me largo de aquí.
A morir en soledad
Así como siempre he amado: puramente solo.

FANTASÍA IMPROMPTU
EN DO SOSTENIDO MENOR OPUS 66

¡No!
Ya no puedo… ya no quiero.
Y si al menos me abandonara un instante esta terrible sensación de vacío, pero me persigue a través de interminables corredores y entresijos. Y si su recuerdo ya no acudiera a mi mente con descaro y me librara de los mil demonios de sus ansias femeninas y de su cuerpo eterno en mi memoria.
Si en mi alma no existiera la desdicha y tanta pena, y si el recuerdo en mí viviera sin dolor y sin tristeza; sin la angustia de pensarla ajena, de saber ya no tenerla, y de no haberla tenido, de perder lo que era mío… de perder lo que pretendí era mío… perder lo que siempre quise y no fue mío.
Pero todo esfuerzo es vano, pues continúa reproduciéndose y contaminándolo todo, inclusive el indistinto color del oxigeno que por vivir me resta. Como un depredador, acechante, se asegura de no dejarme a solas ni un solo segundo y me roba la carísima tranquilidad de entre mis propias manos, seduciendo a mis sesos para hacerles presa de sus delirios. Delirios de sueños impensables e inotorgables. Sueños soñados por nadie. Sueños inaplazables y sedientos de ti; de tu sangre, de tu cuerpo… y de un amor plácido que de ti provenga.
De tu risa, y de tu pelo enmarañado de hojas secas, y de tu beso húmedo y simpático empapado de rosa y de caramelo. De aquel cuerpo envuelto en tiernas fragancias. De tu pecho medanoso, de tu espalda y de ti. Del completo todo de ti.
De tu cintura exquisita está hecho el amor que quiero. Y del abrazo robado con ternura y con celo. De esas miradas gráciles que procuran mi tristeza en tu ausencia. Y de esa infinita paciencia que desdeña vanidades y se conjura en pasiones y proezas. En pasiones tontas y proezas fútiles. Nunca más tontas que este intento de deshacerme de ti. De desprenderme del fútil recuerdo que en mi desesperanza se teje de ti.
Pero cedo de nuevo ante… ante tu voz encantada, ante tu rostro perfecto y la miel de tus caprichos, que por supuesto son míos. Cedo ante el recuerdo de tu piel jamás marchita, y al de mi terquedad que a amar me obliga. Costosa melancolía la que produce que estés ausente.