A las seis de la mañana, como todos los días, Roberto es el primero de los dos en levantarse de la cama. Ella en cambio, permanece abandonada a sus sueños, que por demás nunca han sido agradables; siempre traen desgracias. Él permanece sentado en el borde de la cama por unos segundos; observándola, velando su sopor matutino. Y es entonces cuando sucede todo. Aunque ya no recuerda desde cuando empezó a experimentar aquellas visiones que tan aterradoramente surgen de su mente (visiones lo he dicho por decir, porque en realidad no es más que una), siempre a la misma hora del día, él sabe con certeza que con el pasar del tiempo ese fenómeno extraño se ha convertido más bien en una condición enfermiza de su carácter, una idea obsesiva que ya no deja su alma tranquila y la reduce poco a poco para apoderarse de lo que le queda de su existencia.
Y a pesar de todo, se empecina en seguir repitiendo una y otra vez la misma trágica y apremiante rutina. Una vez más él se despierta a las seis de la mañana como todos los días, es el primero de los dos en levantarse como todos los días, y como todos los días, se sienta en el borde de la cama para observar a la mujer con quien comparte el lecho, y con quien no comparte ya el corazón. Sus ojos desorbitados la observan como descomponiéndola en mitades minuciosamente transparentes. Entonces es cuando sucede todo. Su piel (de palidez estertórea) y la irradiación de su aliento putrefacto (el de ella), confieren a su semblante un aire mortecino que a él embriaga de incontenible repulsión. Su fina y larga cabellera desparramada desordenadamente sobre las almohadas (cuyo número asciende a más de treinta), el color celeste del satín que a ellas enfunda, y las cobijas y mantas también añiles que cubren su cuerpo por entero, a excepción de su cabeza, componen siempre la misma imagen sangrienta que sacia las más íntimas y prohibidas perversiones, usurpadoras ya desde algún tiempo atrás, de la deteriorada conciencia del joven muchacho.
Sin poder evitarlo, Roberto se detiene en la contemplación de su aberrante fantasía... día tras día; sin excepción. Dentro de su distorsionado cerebro, aquella despreciable cabeza de mujer se le presenta huérfana de cuerpo, dando la impresión de haber sido arrancada de un solo tajo, apareciendo para él en su ensoñación como si flotara abandonada en medio de una cristalina laguna, en lo que parecía ser un desolado y nevado paraje sueco. Y parado en una de las orillas del lago, Roberto podía verse a si mismo, respirando con dificultad, con sus ojos muy abiertos y enrojecidos por la furia, sosteniendo en la mano derecha un hacha de mango y hoja colados en hierro, y que de su filo destila quedamente gotas de un líquido negrusco y espeso. La cabeza se aleja lentamente de la orilla describiendo movimientos eternamente circulares, trazando a su paso una espiralada estela de sangre negra (interminable también) y tiñendo la inmensa claridad del agua como una enfermedad epidémica. Continúa girando sin pausa y expidiendo su sanguinolento rastro por doquier; rastro de muerte que asesina todo a su paso… rastro de muerte que también a él le había asesinado el alma.
Rápidamente el paraje cristalino y límpido se reduce a un ennegrecido y cenagoso pantano desprovisto de vida, y el líquido purulento que mana sin cesar de la aorta cercenada, es ahora un cieno hediento de bilis e hígado, una desagradable e irregular masa de coágulo que se expande con la rapidez creciente de una conflagración, mientras la testa se desfigura en la intensidad de sus revoluciones y en la putrefacción de sus mentiras.
Esa es la fantasía que trajina la mente de Roberto a diario, y que la presencia de aquella mujer despierta en él. Esa mujer que un par de años atrás fuera su amor incondicional, su amante perfecta y única, es ahora el objeto de su desprecio y la causa primera de todos sus males. Maldita y desgraciada aberración que permanece engargolada en su cerebro y que por más que lo intentara, jamás podría deshacerse de ella.
A pesar del desgaste que producen las repeticiones, esta vez Roberto no se sintió del todo igual. Esa mañana él quiso que su amante estuviera muerta; pero ya no en su mente, sino sobre las sábanas, que siempre fueron demasiado limpias para su gusto.
Intentó desembarazarse de esta nueva sensación, pero no pudo. Se quedó mirándola unos segundos más, guardando la esperanza de encontrar algún detalle en su rostro que lo hiciera modificar sus malestares.
No consiguió nada.
Se levanto de la cama muy quedo, para que ella no despertara. Se puso su par de pantuflas raídas, (lo único sucio y viejo que existía en esa casa, y que también era lo único con lo que él se identificaba) y salió de la habitación.
Caminó desnudo por el pasillo que conducía a la cocina y no le importó que la vecina, que siempre guardó un afecto “muy especial” hacia él, casi rayano en el deseo, lo mirara por la ventana con los ojos muy abiertos y fijos en cierta peculiaridad extraordinaria que exhibía la desnudez de su cuerpo.
Entro a la cocina, pulcra y ordenada como siempre; lo que por supuesto a él no le dejaba de molestar. Abrió una de las gaveta y extrajo con timidez, lo que él consideró el mejor de sus cuchillos. A decir verdad más que un cuchillo, parecía una hachuela… una hachuela de mango y hoja colados en hierro. Su mirada fulguró animosa y sus pensamientos repasaron una vez más aquella visión espantosa que torturaba el despertar de todos sus días.
Se asió con fuerza al mango de la hachuela y se volvió sobre sus pasos; esta vez con una gravedad e impasibilidad particulares; casi metafísicas.
Cruzó de nuevo el pasillo con dirección a la habitación, seguido por la mirada escrutadora y minuciosa de su joven vecina, que ardía en deseos por él.
Roberto entró a la habitación, con las manos temblorosas, sosteniendo con fuerza la hachuela en su mano derecha. Cerró la puerta.
Lo único que sabemos de él es que nunca soportó el aliento putrefacto de ella en las primeras horas de la mañana y las últimas horas del día. Él siempre deseó que ella estuviera muerta. Y ese día quizá pudo cumplir su fantasía… si quisiéramos saberlo, solamente tendríamos que abrir la puerta de la habitación y mirar dentro.