Red poetry and other kaleidoscopic colors

martes, agosto 22, 2006

El Anciano

Decidió quitarse el nombre en el mismo instante en que comenzó a sentirse viejo, para que el recuerdo de sus pasadas glorias no lo persiguiera ahora que le eran tan lejanas. Ya no aguantaba más la nostalgia del hombre que había sido y ya no era; del hombre que a pesar de llevar el mismo nombre grabado en los huesos y conservar intacta la misma melancólica mirada, ya no era él… él ya no era él. Y de lo que fue en algún tiempo suyo, ya nada le pertenecía. Por eso prefería recordarse como otro que no había sido; alguien con otro nombre (con menos vocales) y con otra historia (sin tantos laberintos). Le resultaba mejor; mucho más cómodo… aunque no lo suficiente. Se le hacía imprescindible también olvidar. Olvidarse de sí mismo; borrar de los libros de la creación la exhausta y añeja cronología de sus memorias. Reiniciar de nuevo, en blanco y desde cero… solamente que con el cuerpo dañado, con el rostro mustio y la cabeza teñida de cansancio. No era fácil, y él lo sabía porque se le advirtió.
Ese día, reunió alrededor de sus libros a todos sus familiares y amigos, y les explicó la extraña circunstancia en que se veía envuelto. Habló con cariño pidiendo que no recordaran en su presencia ningún detalle de su vida anterior. Y, delicada y respetuosa, su mirada abandonó a sus invitados (si es que alguna vez había estado con ellos) posándose en la inabarcable infinitud del océano, y su boca no pronunció una palabra más. Después de unos segundos de incómodo silencio y de miradas claustrofóbicas, y en vista de la solícita petición, los invitados se vieron obligados a marcharse y a resignarse a la imposibilidad de acercarse a él de nuevo; porque para un hombre la visión de otro hombre no es más que la de un álbum interminable de recuerdos. Más aún en un pueblo como éste, en donde todos tenemos marcado el pasado en la lengua y nuestro oficio no es otro que hablar.
Terminó eludiendo toda compañía, y así empezó a quedarse solo; hasta los perros y las gallinas que merodeaban los recintos ennegrecidos de su casa, notaron lo incómoda que a él le resultaba su presencia y terminaron por irse. A las moscas y los zancudos, acostumbrados ya a ser considerados siempre una molestia, les daba lo mismo y por eso se quedaron. Al principio a él le fastidiaban, pero con el tiempo le dejó de importar, y se dejaba picar las pantorrillas sin hacer escaramuzas durante las interminables horas en que permanecía sentado dejándose mecer por el viento del mar en su destartalada silla, mirando cómo el carruaje del astro regente transita sinuoso, a través de la (para él) convexa cúpula del cielo. Ahí permanecía durante horas, inmóvil, sentado… tratando de olvidarse de él mismo. ¡Ah! ¡Tarea imposible!

[Continúa...]


P.D. Ni se atrevan a copiarlo... se pueden meter en problemas. ¡Ja, ja, ja!

Mentiras... no es tan bueno.