Desavenencias entre ansiedades
Sentado frente al papel; víctima de una anémica cuota de inspiración. Masca la tapa del lapicero de la manera más abyecta y lejana a la decencia posible. Su figura desgarbada no puede otra cosa que causar inquietud, y aún más si se le mira a través del influjo fulgurante de la vela que reverbera frente a su rostro.
El impulso incontenible de realizar sobre sí un corte transversal para luego exponer sus vísceras sobre la mesa y mirarlas con detenimiento científico, no le permite conciliar la tranquilidad en las terminaciones nerviosas de sus miembros. El sujeto se empeña en prolongar dentro de sí la existencia de ese impulso neurótico e inescrupuloso con el objeto quizá estúpido de definir el malestar mismo, estudiarlo y vencerlo atacándolo en sus puntos débiles. Sensación itinerante que de manera inexplicable trasiega por diferentes partes de su cuerpo; en especial aquellas que se caracterizan por su inmaterialidad.
Entonces prefiere levantarse del asiento dejando sobre la mesa el boceto mediocre que alcanzó a dibujar después del almuerzo y que repisó producto del aburrimiento las últimas seis horas. Sus rodillas casi petrificadas por el cansancio despiden sonoros lamentos, su corazón anda despacio y sus pisadas son cada vez menos vigorosas. Sabe que una buena taza de helado podrá calmar su inquietud, por eso se dirige al refrigerador con esa sonrisa complaciente y tonta del que cree saber la banalidad que necesita para poner fin a sus inquietudes trascendentales.
Abre la puerta del congelador, inspecciona su mediocre contenido, descarta la bolsa de leche abierta con descuido, el pedazo de pastel a medio comer de su último cumpleaños, la pechuga de pollo asada que le trajo su preocupada madre el fin de semana… sin embargo algo llama su atención; hay algo allí fuera de orden. Algo que él jamás había visto. Aún no logra dilucidar con exactitud lo que es, pero su aspecto exterior no puede producir otra cosa que asco. Con cierto apremio asoma la cabeza dentro del refrigerador tratando de ver más de cerca aquello que a él se le antoja una grotesca y grosera escultura.
Un papel tosco, barato y ensangrentado envuelve algo que parece ser un pedazo carne. Él estira la mano y a medida que descubre lentamente el objeto de su inspección, se apodera de sí un profundo estremecimiento.
¡Una mano! Con sus dedos, sus uñas y su historia. ¡Una mano de otro ser igual a él! ¡Quizás de él mismo!
Presa del horror suelta la envoltura. Sin entender ni un ápice lo que está sucediendo, retira su mano con pasmosa lentitud.
La mano se mueve. Él se paraliza. La mano estira sus dedos agonizantes como queriéndolos despertar de algún sueño milenario. Él no atina a decir palabra alguna ni a moverse. La mano se desliza quedamente sobre la superficie del cubículo; sus movimientos son una perfecta emulación de aquella tarántula que vimos en ese paraje de clima templado (¿aún la recuerdas?).
Después de unos segundos de tenso silencio, la mano se lanza sobre él, aferrándose del brazo que aún no termina de alejarse del refrigerador. Horrorizado, el hombre trata de desprenderse de ella, pero sus esfuerzos son vanos, la mano sin brazo y sin hombre arrastra al artista hacia el refrigerador y lo obliga a entrar estrepitosa e inevitablemente.
La puerta se cierra.
Lo único que se escucha es un leve quejido.
-Tengo frío- dijo.
Y YA.

2 Comments:
-Tengo gripa- dije.
Un regalo de
Lalopezochoa, envuelto a las 10:05 p. m.
Lo extraño mucho.
Un regalo de
Lalopezochoa, envuelto a las 2:55 p. m.
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